Nadie, nadie tenia derecho de llorar por ella.
Y yo también me sentía pronto a revivir todo,
como si esa tremenda cólera me hubiese purgado del mal,
vaciado de esperanza, delante de esa noche cargada de presagios y estrellas,
me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo.
Al encontrarlo tan semejante a mi, tan fraternal,
en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía
Albert Camus (1949). El extranjero
No hay comentarios:
Publicar un comentario