sábado, 12 de enero de 2013

Apuntes


Irremediable

Ella dice: Estoy esperando un verdadero acto de romanticismo. Vamos, toma tu pasaporte y salgamos de este país. Unos pantalones y un par de camisetas bastan, no lo pienses demasiado;  besémonos en una calle oscura, en un país extraño, con música que jamás hemos escuchado; toma una botella de vino y salgamos a caminar bajo un cielo diferente, háblame de tus secretos, yo te hablare de mis sueños. Quiero estar contigo, quiero saber que deseas sentirme cerca.

El dice: Ahh… préstame ese libro…
                                                                              Lisa

jueves, 3 de enero de 2013

Amuse bouche. Curiosidad y ternura

Y luego hubo algo más. No es que me hubiera enamorado, pero sentía una especie de curiosidad, de ternura. Ella había modificado astuta y deliberadamente la naturaleza de nuestra relación, y por un momento creía que la quería. Pero pienso las cosas detenidamente y me someto a una considerable cantidad de reglas interiores que actúan como freno a mis deseos, y sabía que mi primera obligación era liberarme del lío que había dejado pendiente en mi ciudad natal



F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby

Amuse bouche. Una mujer romántica

Empezaba a gustarme Nueva York, la sensación nocturna de aventura y riesgo, el placer que el constante fluctuar de hombres, mujeres y vehículos procuraban a la mirada inquieta. Me gustaba pasear por la Quinta Avenida y elegir a alguna mujer romántica entre la multitud e imaginar que, en cinco minutos, yo entraría a su vida, y que nunca lo sabría nadie ni nadie lo desaprobaría. A veces, en mi imaginación, la seguía hasta su apartamento, en la esquina de alguna calle escondida, y se volvía y me sonría antes de cruzar una puerta y desvanecerse en el calor y la oscuridad. En el crepúsculo encantado de la metrópolis algunos días la soledad se volvía obsesiva, e incluso la sentía en otros


F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby

Amuse bouche. Impresiones


En cuanto la voz se apagó y dejó de exigirme atención y confianza, tuve conciencia de la insinceridad básica de todo lo que había dicho. Y me sentí incomodo, como si toda la velada hubiera sido una trampa para extraer de mí una contribución sentimental.
---
Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa ofrecía – o parecía ofrecerse – al mundo entero y eterno, para luego concentrarse exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a tu favor.
 
F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby

Amuse bouche. Tom


Era un hombre de treinta años, fuerte, rubio como una paja, con un rictus de dureza en la boca y aires de suficiencia. Los ojos, brillantes de arrogancia, dominaban su cara y le daban aspecto de estar echado agresivamente hacia delante, siempre. Ni la elegancia ostentosa y afeminada del traje de montar lograba ocultar el enorme vigor de ese cuerpo. Era un cuerpo capaz de desarrollar una fuerza enorme: un cuerpo cruel. Cuando hablaba, su voz de tenor, ronca y bronca, aumentaba la impresión de displicencia que transmitía. Aquella voz tenía un dejo de desprecio paternal, incluso hacia la gente que le caía simpática – Bueno, no vayas a pensar que mi opinión es definitiva- parecida decir –sólo porque sea más fuerte y más hombres que tu-. Otra vez me vino a los labios una disculpa. Ante las demostraciones de suficiencia absoluta casi siempre me rindo anonadado.


F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby

Amuse bouche. Sensibilidad


Tal sensibilidad no tiene nada que ver con esa sensiblería fofa a la dignificamos con el nombre de “temperamento creativo”: era un don extraordinario para la esperanza, una disponibilidad romántica como nunca he conocido a nadie y como probablemente no volveré a encontrar.
 
F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby

Amuse bouche. Esnobismo


 
No juzgar es motivo de esperanza infinita. Todavía creo que perdería algo si olvidara que, como sugería mi padre con cierto esnobismo, y como con cierto esnobismo repito ahora, el más elemental sentido de la decencia se reparte desigualmente al nacer.
 
F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby

Amuse bouche. Las confidencias

Confidencias


La mayoría de las confidencias no las buscaba yo: muchas veces he fingido dormir, o estar sumido en mis preocupaciones, o he demostrado una frivolidad hostil al primer signo inconfundible de que una relevación íntima se insinuaba en el horizonte; porque las revelaciones íntimas de los jóvenes, o al menos los términos en las que las hacen, por regla general son plagios y adolecen de omisiones obvias


F. Scott Fitzgerald (1925). El gran Gatsby