En cuanto la voz se apagó y dejó de exigirme atención y
confianza, tuve conciencia de la insinceridad básica de todo lo que había dicho.
Y me sentí incomodo, como si toda la velada hubiera sido una trampa para
extraer de mí una contribución sentimental.
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Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos
para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida.
Aquella sonrisa ofrecía – o parecía ofrecerse – al mundo entero y eterno, para
luego concentrarse exclusivamente en ti, con una irresistible predisposición a
tu favor.
F. Scott
Fitzgerald (1925). El gran Gatsby
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