Era un hombre de treinta años, fuerte, rubio como una paja,
con un rictus de dureza en la boca y aires de suficiencia. Los ojos, brillantes
de arrogancia, dominaban su cara y le daban aspecto de estar echado
agresivamente hacia delante, siempre. Ni la elegancia ostentosa y afeminada del
traje de montar lograba ocultar el enorme vigor de ese cuerpo. Era un cuerpo
capaz de desarrollar una fuerza enorme: un cuerpo cruel. Cuando hablaba, su voz
de tenor, ronca y bronca, aumentaba la impresión de displicencia que
transmitía. Aquella voz tenía un dejo de desprecio paternal, incluso hacia la
gente que le caía simpática – Bueno, no vayas a pensar que mi opinión es
definitiva- parecida decir –sólo porque sea más fuerte y más hombres que tu-. Otra
vez me vino a los labios una disculpa. Ante las demostraciones de suficiencia
absoluta casi siempre me rindo anonadado.
F. Scott
Fitzgerald (1925). El gran Gatsby
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