viernes, 12 de julio de 2013

Los años

Los años.
Habían pasado 10 años. En el transcurso de los cuales, como suele suceder en muchas historias sin sentido, se realizaron promesas que no podían cumplirse. Este relato que estoy seguro no es, ni por mucho especial o único, es sobre esos desengaños.
Como toda historia común y corriente (y yo diría ya con toda la rabia que me inunda, hasta vulgar) siempre comienza  con esa farsa que solemos llamar amor romántico.  Claro está que con el tiempo podemos llamarlo estéril, vacío y  doloroso porque fue lo único que nos quedó. Al principio, es decir los primeros años (3 o 4 máximo) siempre nos llenamos la boca al decir que nuestra historia desafía las sórdidas amenazas de la experiencia de los viejos, que te dicen que siempre, siempre, es un maldito callejón sin salida. Y mirando en retrospectiva, esta  primera etapa siempre se ve como la más feliz por una simple razón, estas demasiado drogado para ver con claridad las pequeñas o no tan pequeñas miserias de la convivencia. El sexo, los celos, el amor violentísimo que se profesan dos personas que recién se conocen, que desean devorarse, integrarse, conocerse, poseer el uno al otro, en donde hasta el suspiro más leve se consagra al otro, el inicio de las promesas idiotas que se dan: no me iré jamás,  tu nunca te vayas; te amare siempre; seremos felices; quiero darte una familia; eres siempre mi mejor pensamiento. Claro que toda esta basura sentimental lo único que produce en el mejor de los casos, es que tu conducta o al  menos una pequeña parte de ella se modifique. Y en mi caso, en el que todo acto de inteligencia se vio bloqueado por la esperanza traicionera de una comunión real, por el delirio psicótico de alguien que me rescatara de mi soledad tan arraigada desde la infancia; bueno, término haciendo de mí la materia más moldeable. Nadie era capaz de reconocerme, porque yo era feliz, porque gritaba sin hacerlo literalmente, que este sórdido personaje había desafiado y triunfado sobre toda la miseria que había conocido en la historia de sus apegos: Que más da el abandono inicial, los factores adversos que no me permitían comprender el principio básico de la confianza, o la fidelidad, o siquiera el bienestar emocional, vamos ni siquiera en un estado más brillante que el gris. Todo lo había mandado al demonio: YO había encontrado a alguien que no se parecía a nadie, la singularidad conferida a esta persona lo hacia una suerte de sueño mágico, poseía entre sus múltiples encantos una honesta comprensión de la situación, y su trato dulce y racional me daba taquicardia. Yo lo amaba porque era un ser semejante, porque como leí en una de las frases que se me han quedado grabadas: quería pagar el precio de ser rescatado del exilio; y aunque suene completamente egoísta, imaginaba que yo también podía rescatarlo.
Después de esos años, el cerebro remite del  estado intoxicación producido por la cantidad absurda de dopamina y exitocina que se libera ante la simple evocación de la persona amada. Esa taquicardia, que era como un aura de la comunión que cada noche me esperaba, ahora solo estaba unida a esa sensación inminente de abandono, que comienza a darte cuando te percatas ya sin el aturdimiento del principio que esa persona prefiere la compañía más banal, mas promiscua, mas machista, más alejada. Claro que siempre esta esa necesidad de querer explorar los nuevos horizontes, incluso aquellos que nos resultan interesantes por su decadencia, por su acercamiento grotesco con las mujeres sin conversación y el aturdimiento de la pretensión.  ¿Era realmente ese un camino que querías seguir? Sigo insistiendo que todas mis reflexiones deben de ser vistas desde el angulo de mi insoportable egoísmo, y aunque no es una justificación, cuando nunca se ha tenido alguien para sí, cuando por fin algo se cruza en tu camino y parece una demostración sincera de afecto, es muy difícil aprender a compartirla. Es, creo, como una especie de regresión, en donde la falta del seguridad familiar, en combinación con la tendencia neurótica que uno se carga, da como resultado la vana idea de regresar a un estado más inocente y vulnerable en donde puedas desarrollar eso a lo que le llaman decencia.  
Regresando a la anécdota, ante la evidencia de la competencia por su atención, y la facilidad que también el tenia  de ser seducido por estas condiciones; mi papel en la obra paso del amante y compañero al payaso patético y cobarde que está dispuesto a hacer de todo para tenerlo a mi lado: la escena del amante loco de celos, en el siguiente cuadro la persona herida en su orgullo por su negativa, el que se arrastra, el que pelea, el indiferente. A partir de esto, ya todo es solo una bajada lenta y brutal de esa fantasía infantil que eran los primeros años. En nuestra línea del tiempo contemos el año 5 y 6. Peso a esto, aun se aferraban a todo lo que podían esas ideas sembradas en la fértil imaginación de un lisiado emocional: seremos felices más adelante, tendremos una familia, aún le queda algo de amor por mí, no nos dejarnos porque no hay forma de encontrar en todos los tiempos lo que nos dimos y que volveremos a darnos después de esta racha.
Año 7 y 8: El cambio de ambiente nuevamente fue amenazador, pero tenía la turbia esperanza (ese gusano enfermo que consume e infecta nuestra visión racional ante las pruebas irrefutables) dada por su optimismo que era también mi quiebre, de que esta nueva etapa en donde se alejaba de la banalidad, lo llevaría a conseguir su sueño de trabajar por los demás y nos llevaría también a nosotros a un estado de tranquilidad, de amor recuperado después de la tormenta, de bienestar, de pasión revivida. Claro está, que fue un completo desastre. Pero, uno siempre es un poco culpable. Es evidente que mi neuroticismo, celotipia y mi desastre emocional no me han hecho el candidato ideal de amante, y por su puesto la facilidad con la que el cambia sus afectos, cosa que había hecho conmigo desde hace años, debieron de ponerme los pies de plomo y decidir antes de que siguiera el curso cruel de los días que esto ya no llevaba a ningún sitio. Se consumió en las horas en ese trabajo, en un mundo en el cual yo ya no tenía cabida. Si antes había sido un distanciamiento emocional, ahora lo era en todo sentido: yo no conocía a nadie con los que convivía, nuestras conversaciones y encuentros se redujeron a minutos contados en las 24 horas, la miseria de la incertidumbre. Creo que de las cosas que más me dolieron fueron el aborto de nuestro hijo intelectual, una pequeña columna que comenzó como un trabajo de equipo,  fui expulsado porque ya mi aporte intelectual ya no era suficiente como para hacerme parte de su mundo. Ahí se terminó lo que era nuestro, para decir lo que era suyo, y lo que era mío. Me expulso de todo lo que él era, incluso de esa parte que yo había ayudado a construir. Todo este pasaje transcurrió por su puesto entre mucho llanto (mío), ataques de pánico (míos también), psiquiatras, drogas, autolesiones y nada. Nada como la indiferencia por el sufrimiento de una persona que alguna vez se amó profundamente.
Los últimos dos años, han sido solo las amenazas de abandono: el no soporta más mi manera de ser y lo único que le oigo decir es voy a dejarte. Este último párrafo, creo que se lo dejo a la descripción de una imagen que me vino a la cabeza, yo nunca he sido bueno dibujando o pintando, pero no podía sacar la imagen y las ideas que de ella salían: Parada en una orilla, a medio paso aún, ella espera que él de la vuelta y la mire. El siguió de frente, sin voltear, sin remordimiento, sin amor. Sintió nuevamente que algo se le moría, si antes ya había sido asesinada su entrega total, ahora le agonizaba la esperanza. Pensó, durante la noche que no terminaba, que su deseo permanente era tener algo que fecundara y creciera. Sin embargo, la amargura: llevaba tanto tiempo intentando que el amor no se le muriera de soledad, que ya no sabía cómo ser feliz. Ya ni las palabras le crecían, se le morían ahogadas en agua salada. Y si aún algo le palpitaba en el pecho, era un reflejo. Esa es la imagen, dos sujetos sin rostro: Uno a medio paso y el otro lejos, sin voltear, sin palabras, sin remordimiento, sin amor. Ella por fin da la vuelta, de regreso a su mundo, a la rabia en el invierno emocional.




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