Los años.
Habían pasado 10 años. En el
transcurso de los cuales, como suele suceder en muchas historias sin sentido,
se realizaron promesas que no podían cumplirse. Este relato que estoy seguro no
es, ni por mucho especial o único, es sobre esos desengaños.
Como toda historia común y
corriente (y yo diría ya con toda la rabia que me inunda, hasta vulgar) siempre
comienza con esa farsa que solemos
llamar amor romántico. Claro está que
con el tiempo podemos llamarlo estéril, vacío y doloroso porque fue lo único que nos quedó. Al
principio, es decir los primeros años (3 o 4 máximo) siempre nos llenamos la
boca al decir que nuestra historia desafía las sórdidas amenazas de la
experiencia de los viejos, que te dicen que siempre, siempre, es un maldito callejón
sin salida. Y mirando en retrospectiva, esta
primera etapa siempre se ve como la más feliz por una simple razón,
estas demasiado drogado para ver con claridad las pequeñas o no tan pequeñas
miserias de la convivencia. El sexo, los celos, el amor violentísimo que se
profesan dos personas que recién se conocen, que desean devorarse, integrarse,
conocerse, poseer el uno al otro, en donde hasta el suspiro más leve se
consagra al otro, el inicio de las promesas idiotas que se dan: no me iré jamás, tu nunca te vayas; te amare siempre; seremos
felices; quiero darte una familia; eres siempre mi mejor pensamiento. Claro que
toda esta basura sentimental lo único que produce en el mejor de los casos, es
que tu conducta o al menos una pequeña
parte de ella se modifique. Y en mi caso, en el que todo acto de inteligencia
se vio bloqueado por la esperanza traicionera de una comunión real, por el delirio
psicótico de alguien que me rescatara de mi soledad tan arraigada desde la
infancia; bueno, término haciendo de mí la materia más moldeable. Nadie era
capaz de reconocerme, porque yo era feliz, porque gritaba sin hacerlo
literalmente, que este sórdido personaje había desafiado y triunfado sobre toda
la miseria que había conocido en la historia de sus apegos: Que más da el
abandono inicial, los factores adversos que no me permitían comprender el
principio básico de la confianza, o la fidelidad, o siquiera el bienestar
emocional, vamos ni siquiera en un estado más brillante que el gris. Todo lo había
mandado al demonio: YO había encontrado a alguien que no se parecía a nadie, la
singularidad conferida a esta persona lo hacia una suerte de sueño mágico, poseía
entre sus múltiples encantos una honesta comprensión de la situación, y su
trato dulce y racional me daba taquicardia. Yo lo amaba porque era un ser
semejante, porque como leí en una de las frases que se me han quedado grabadas:
quería pagar el precio de ser rescatado del exilio; y aunque suene
completamente egoísta, imaginaba que yo también podía rescatarlo.
Después de esos años, el cerebro remite
del estado intoxicación producido por la
cantidad absurda de dopamina y exitocina que se libera ante la simple evocación
de la persona amada. Esa taquicardia, que era como un aura de la comunión que
cada noche me esperaba, ahora solo estaba unida a esa sensación inminente de
abandono, que comienza a darte cuando te percatas ya sin el aturdimiento del
principio que esa persona prefiere la compañía más banal, mas promiscua, mas
machista, más alejada. Claro que siempre esta esa necesidad de querer explorar
los nuevos horizontes, incluso aquellos que nos resultan interesantes por su
decadencia, por su acercamiento grotesco con las mujeres sin conversación y el
aturdimiento de la pretensión. ¿Era
realmente ese un camino que querías seguir? Sigo insistiendo que todas mis
reflexiones deben de ser vistas desde el angulo de mi insoportable egoísmo, y
aunque no es una justificación, cuando nunca se ha tenido alguien para sí,
cuando por fin algo se cruza en tu camino y parece una demostración sincera de
afecto, es muy difícil aprender a compartirla. Es, creo, como una especie de
regresión, en donde la falta del seguridad familiar, en combinación con la
tendencia neurótica que uno se carga, da como resultado la vana idea de
regresar a un estado más inocente y vulnerable en donde puedas desarrollar eso
a lo que le llaman decencia.
Regresando a la anécdota, ante la
evidencia de la competencia por su atención, y la facilidad que también el tenia
de ser seducido por estas condiciones;
mi papel en la obra paso del amante y compañero al payaso patético y cobarde
que está dispuesto a hacer de todo para tenerlo a mi lado: la escena del amante
loco de celos, en el siguiente cuadro la persona herida en su orgullo por su
negativa, el que se arrastra, el que pelea, el indiferente. A partir de esto,
ya todo es solo una bajada lenta y brutal de esa fantasía infantil que eran los
primeros años. En nuestra línea del tiempo contemos el año 5 y 6. Peso a esto,
aun se aferraban a todo lo que podían esas ideas sembradas en la fértil imaginación
de un lisiado emocional: seremos felices más adelante, tendremos una familia, aún
le queda algo de amor por mí, no nos dejarnos porque no hay forma de encontrar
en todos los tiempos lo que nos dimos y que volveremos a darnos después de esta
racha.
Año 7 y 8: El cambio de ambiente
nuevamente fue amenazador, pero tenía la turbia esperanza (ese gusano enfermo
que consume e infecta nuestra visión racional ante las pruebas irrefutables)
dada por su optimismo que era también mi quiebre, de que esta nueva etapa en donde
se alejaba de la banalidad, lo llevaría a conseguir su sueño de trabajar por
los demás y nos llevaría también a nosotros a un estado de tranquilidad, de
amor recuperado después de la tormenta, de bienestar, de pasión revivida. Claro
está, que fue un completo desastre. Pero, uno siempre es un poco culpable. Es
evidente que mi neuroticismo, celotipia y mi desastre emocional no me han hecho
el candidato ideal de amante, y por su puesto la facilidad con la que el cambia
sus afectos, cosa que había hecho conmigo desde hace años, debieron de ponerme
los pies de plomo y decidir antes de que siguiera el curso cruel de los días que
esto ya no llevaba a ningún sitio. Se consumió en las horas en ese trabajo, en
un mundo en el cual yo ya no tenía cabida. Si antes había sido un
distanciamiento emocional, ahora lo era en todo sentido: yo no conocía a nadie
con los que convivía, nuestras conversaciones y encuentros se redujeron a
minutos contados en las 24 horas, la miseria de la incertidumbre. Creo que de
las cosas que más me dolieron fueron el aborto de nuestro hijo intelectual, una
pequeña columna que comenzó como un trabajo de equipo, fui expulsado porque ya mi aporte intelectual
ya no era suficiente como para hacerme parte de su mundo. Ahí se terminó lo que
era nuestro, para decir lo que era suyo, y lo que era mío. Me expulso de todo
lo que él era, incluso de esa parte que yo había ayudado a construir. Todo este
pasaje transcurrió por su puesto entre mucho llanto (mío), ataques de pánico (míos
también), psiquiatras, drogas, autolesiones y nada. Nada como la indiferencia
por el sufrimiento de una persona que alguna vez se amó profundamente.
Los últimos dos años, han sido
solo las amenazas de abandono: el no soporta más mi manera de ser y lo único que
le oigo decir es voy a dejarte. Este último párrafo, creo que se lo dejo a la
descripción de una imagen que me vino a la cabeza, yo nunca he sido bueno
dibujando o pintando, pero no podía sacar la imagen y las ideas que de ella salían:
Parada en una orilla, a medio paso aún, ella espera que él de la vuelta y la
mire. El siguió de frente, sin voltear, sin remordimiento, sin amor. Sintió
nuevamente que algo se le moría, si antes ya había sido asesinada su entrega
total, ahora le agonizaba la esperanza. Pensó, durante la noche que no terminaba,
que su deseo permanente era tener algo que fecundara y creciera. Sin embargo,
la amargura: llevaba tanto tiempo intentando que el amor no se le muriera de
soledad, que ya no sabía cómo ser feliz. Ya ni las palabras le crecían, se le morían
ahogadas en agua salada. Y si aún algo le palpitaba en el pecho, era un
reflejo. Esa es la imagen, dos sujetos sin rostro: Uno a medio paso y el otro
lejos, sin voltear, sin palabras, sin remordimiento, sin amor. Ella por fin da
la vuelta, de regreso a su mundo, a la rabia en el invierno emocional.
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