Deducciones feroces
De pronto me arrepentí de haber llegado a esos extremos, con mi costumbre de analizar indefinidamente hechos y palabras. Recordé la mirada de María fija en el árbol de la plaza, mientras oía mis opiniones; recordé su timidez, su primera huida. Y una desbordante ternura hacia ella comenzó a invadirme. Me pareció que era una frágil criatura en medio de un mundo cruel, lleno de fealdad y miseria. Sentí lo que muchas veces había sentido desde aquel momento del salón: que era un ser semejante a mi.
Olvide mis áridos razonamientos, mis deducciones feroces. De dediqué a imaginar su rostro, su mirada - esa mirada que me recordaba algo que no podía precisar - , su forma profunda y melancólica de razonar. Sentí que el amor anónimo que yo había alimentado durante años de soledad se habían concentrado en María. ¿Como podía pensar cosas tan absurdas?
Traté de olvidar, pues, todas mis estúpidas deducciones acerca del teléfono, la carta, la estancia, Hunter.
Pero no pude.
Ernesto Sábato (1977). El Túnel.
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