El primer café es también el primer placer del día. Así, se lo busca excelso: colombiano o chiapaneco, negro como el infierno y -para algunos- dulce como el pecado, humeante, aromático y, si el presupuesto lo permite, comprado por kilo o por medio kilo en alguna boutique de variedad pletórica y nombre extranjerizante.
Nicolás Alvarado (2007). La ley de Lavoisier.
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